95th International Assembly Resolution

Resolution by the Church of God of Prophecy 95th International Assembly, 2008

Today a significant amount of fear and hatred is negatively affecting the mindset of many nations because of the redistribution of population groups through immigration. As Christians, we must ensure that our response to the issue of immigration is directed by a Christian World View that is shaped by biblical principles rather than secular or current attitudes. A number of biblical principles relevant to immigration run through the Bible. Primarily, we as Christians are aliens on this earth. “. . . And they admitted that they were aliens and strangers on earth” (Hebrews 11:13 NIV). Our status as aliens and strangers formulates the basis for our attitudes and responses toward those people who live outside our society.

We affirm as Christians that our material possessions do not really belong to us. The Promised Land belonged to the Israelites only in the sense that as host, God allowed the Israelites to dwell in the Promised Land as His guests (Leviticus 25:23). Indeed, the children of God were strangers and foreigners in the land they lived in. Similarly, as aliens and strangers in our world today, the material resources of this world do not belong to us. We have what we have because of God; as our host, He has distributed material resources to us, His guests. As recipients of God’s graciousness and generosity, we need to guard against selfishness and possessiveness, which would cloud our attitude toward immigrants.

We affirm that we are all strangers and foreigners in this world. Borders and national ethnic identity should never separate us as God’s people. As non-citizens working in their country of residence, aliens exist outside the social and political network of the society they are residing in; thus, they are rendered powerless. Aliens are very vulnerable to exploitation. As Christians, we should recall our roots as aliens and, thus, identify with their plight (Exodus 23:9) by treating them with kindness and helping them as earlier nations did to Israel and were blessed by God for their generosity. As Christians, no one should ever be considered an outsider. “. . . The alien living with you must be treated as one of your native-born. Love him as yourself . . .” (Leviticus 19:33, 34 NIV). The Great Commandment (Matthew 22:37–40; Mark 12:30, 31; Luke 10:27) is to apply to the alien because he or she is our neighbor.

We affirm the privilege of serving the outsiders of society that mirrors the ministry and life of Jesus. Because Christ identified with the stranger, we are to extend the same treatment to the alien and stranger that Jesus would give to others (Matthew 25:3–5 KJV).

 Historically, immigration policies around the world appear to be directed more by racism and economic self-interest than compassion. Immigration quotas throughout many nations have favored people groups established long ago because of political interest or racial preferences while limiting immigrants from less desirable nations because of education, economic status, or trade skills. We must be people of compassion who pray and extend love to those caught up in the confusing and unjust immigration maze, as the Lord would be to the outcast of His day. We affirm that God has a purpose in the migration moves of people around the world. “‘Are not you Israelites the same to me as the Cushites [Nile region]?’ declares the LORD. ‘Did I not bring Israel up from Egypt, the Philistines from Caphtor [Crete] and the Arameans from Kir?’” (Amos 9:7 NIV). God has never asked us to understand His purposes; however, today’s immigration situation presents the church an opportunity to do ministry among diverse people of every race or ethnic background. By His grace and only for His grace alone, we could have been one of these “little ones” (e.g., Matthew 10:42; 18:6) had we been born in a different time or another country where the suffering, political, and social injustices would have forced us to flee looking for a better life for our loved ones. Therefore, we did not choose the country where we were born, but we can make the choice to show God’s love for the lost, His compassion for the afflicted, and His Spirit of service toward our neighbor, the “stranger at our gates” (Deuteronomy 14:21; 24:14; 31:12). As His children, we are called by God to aid the vulnerable. We must see the alien and the stranger as individuals made in the image of God, the object of Christ’s love. Furthermore, we must see not only them, but all people from every nation as having intrinsic worth by God, needing our affirmation and acceptance._

 

(note)

This document is in every Ministry Policy Manual since the declaration was approved in 2008.

2008;2010;2012;2014;2016!






 

EL DESAFÍO DE LA INMIGRACIÓN MUNDIAL

Resolución por la Asamblea Internacional

de 2008 de la Iglesia de Dios de la Profecía

En la actualidad es evidente que un aumento significativo de miedo y odio está afectando negativamente la mentalidad de muchos países debido a la redistribución de diferentes grupos étnicos por medio de la inmigración. 

Como cristianos, debemos asegurarnos que nuestra respuesta al tema de la inmigración está siendo dirigida por una opinión cristiana del mundo que está conformada por principios bíblicos y no por las actitudes seculares o actuales. Existe un número considerable de principios bíblicos a través de la Escritura que son relevantes a la inmigración.

En primer lugar, nosotros como cristianos somos extranjeros en esta tierra.

 “Y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra” (Hebreos 11:13).

Nuestra condición de extranjeros y peregrinos formula la base de nuestras actitudes y respuestas hacia las personas que viven fuera de nuestra sociedad.

Nosotros afirmamos que como cristianos nuestras posesiones materiales no nos pertenecen. La tierra prometida le pertenecía a los israelitas solamente en el sentido de que como anfitrión, Dios les había permitido habitar en ella como Sus invitados (Levítico 25:23). 

De hecho, los hijos de Dios eran extranjeros y peregrinos en la tierra que ellos vivían. De igual manera, como extranjeros y peregrinos en nuestro mundo de hoy, los recursos materiales de este mundo no nos pertenecen. Tenemos lo que poseemos porque Dios así lo quiere; Él es nuestro anfitrión. Él nos ha distribuido los recursos naturales porque somos  Sus invitados. 

Como recipientes de la gracia y generosidad de Dios, debemos guardarnos del egoísmo y la avaricia, ya que esto afecta nuestra actitud hacia los inmigrantes. Afirmamos que todos somos extranjeros y peregrinos en este mundo. 

Las fronteras y la identidad étnica nacional nunca deberían separarnos como pueblo de Dios. Como personas no ciudadanos que trabajan en su lugar de residencia, los extranjeros existen fuera de la red social y política de la sociedad en la que residen; por tanto, se encuentran impotentes. 

Los extranjeros están vulnerables a ser explotados. 

Como cristianos, debemos recordar nuestras raíces como extranjeros y, por lo tanto, identificarnos con su situación (Éxodo 23:9) tratándolos con amabilidad y ayudándoles así como lo hicieron las naciones del pasado con Israel a las cuales Dios bendijo por su generosidad. Como cristianos, nunca nadie debe ser considerado un extraño. “Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo” (Levítico 19:33, 34). El Gran Mandamiento (Mateo 22:37-40; Marcos 12:30, 31; Lucas 10:27) se aplica al extranjero porque él o ella es nuestro vecino.

Afirmamos el privilegio de servir a los extranjeros de la sociedad que refleja la vida y ministerio de Jesús. Así como Cristo se identificó con los extranjeros, nosotros también les extenderemos el mismo trato al extranjero y al peregrine que Jesús les daría (Mateo 25:3-5). Históricamente, las políticas de inmigración alrededor del mundo parecen estar dirigidas más por el racismo y los intereses socioeconómicos que por la compasión. Las opiniones migratorias en muchos países han favorecido a grupos étnicos que se establecieron hace muchos años a causa de intereses políticos o raciales, limitando así a los inmigrantes de naciones menos favorecidas debido a su situación económica, habilidades de comercio y educación. Debemos ser personas compasivas que oran y extienden su amor hacia aquellas personas que se encuentran involucradas en el confuse e injusto laberinto de la inmigración, como sería el Señor con los desdichados de Su tiempo.

Afirmamos que Dios tiene un propósito en los movimientos migratorios de las personas en todo el mundo. “Hijos de Israel, ¿no me sois vosotros como hijos de etíopes, dice Jehová? ¿No hice yo subir a Israel de la tierra de Egipto, y a los filisteos de Caftor, y de Kir a los arameos?” (Amós 9:7). Dios nunca nos ha pedido que entendamos Sus propósitos; no obstante, la situación migratoria de la actualidad le provee a la iglesia la oportunidad de ministrar entre una diversidad de personas con todo tipo de trasfondo racial o étnico. Por Su gracia, y sólo por Su gracia, nosotros podríamos haber sido unos de esos “pequeñitos” (Mateo 10:42; 18:6) si hubiéramos nacido en un tiempo diferente o en otro país donde el sufrimiento y las injusticias sociales y políticas nos hubieran forzado a escaper en búsqueda de una mejor vida para nuestra familia. Por lo tanto, no escogemos el país donde nacemos, pero podemos escoger mostrar el amor de Dios a los perdidos, Su compasión por los afligidos, y Su Espíritu de servicio hacia nuestro prójimo, los que están en nuestras “poblaciones” (Deuteronomio 14:21; 24:14; 31:12). 

Como Sus hijos, somos llamados por Dios para ayudar a los necesitados.

Debemos ver al extranjero y al peregrino como personas creadas a la imagen de Dios, el objeto del amor de Cristo. Además, no solamente debemos verlos a ellos, sino a todas las personas de toda nación a las que Dios les ha dado valor intrínseco, y necesitan nuestra afirmación y aceptación.

Sometido humildemente,

V. Walter Doroshuk, Presidente H.E. Cardin

Wallace R. Pratt, Secretario Elías Rodríguez

Enos C. Gardiner Timothy L. McCaleb

Antonios Charalambou Tedroy Powell